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martes, 19 de enero de 2016

FUNDADORES DE LA AEPBSD. NUESTROS PIONEROS (por Vicent Mengual)




Estas navidades hizo 29 años de la fundación de la AEPBS (actualmente AEPBSD) que cumplirá los 30 en las Navidades de 2016. La primera presidenta, Mariona Cortés a la que sucedieron, Ferrán Rovira, Noemí Planasdemunt y el actual presidente Luís Delgado.






Se dice que la historia la hacen los pueblos en mayor medida que las individualidades. La Teoría de la Evolución hubiese visto la luz más tarde o más temprano aunque Darwin no hubiese existido o se hubiese dedicado a otra cosa. Pero allí estaba él, en el tiempo y lugar adecuado, pionero impulsor de una nueva rama de la ciencia. Este pequeño artículo quiere ser un homenaje a nuestros pioneros, fundadores de la AEPBS en 1986: las hermanas Mariona Cortés/Roser Cortés y el matrimonio Gloria Sanz/Vicenç Torremadé. En los años 70, su voluntad y las circunstancias se aliaron para convertirlos en foco de difusión de los bailes de salón en España. Hoy en día, y en sus dos vertientes -baile social y baile deportivo- parejas de baile, profesores, directivos, jueces y empresarios de escuelas de baile, pueden decir, con total acierto, que con ellos empezó todo.

Mariona Cortes


En los albores del siglo XX emergieron los bailes de salón en la versión moderna. Cayeron en desuso las modalidades más amaneradas como el minueto, el rigodón o la cuadrilla. Los valses, la polka, la mazurka, se impusieron en los repertorios de las orquestinas de baile. Se sumaron otros bailes como el tango y el foxtrot en las primeras décadas del siglo y los bailes del programa latino caribeño posteriormente. Durante el siglo XX el desarrollo de los bailes de salón ha sido fantástico aunque España no estuvo embarcada durante toda la travesía. 





Gloria Sanz  y Vicenç Torremadé


En los años 20 y 30 se abren escuelas y salas de baile en España, siendo también Cataluña pionera en aquella época. Igualmente fue pionera en la celebración de concursos y campeonatos y en la formación de parejas de élite que participaron con éxito en competiciones internacionales más allá de los Pirineos. Tras la guerra civil, la moralidad impuesta bajo la óptica del nacionalcatolicismo -el régimen que la dictadura estableció en España- supuso una poderosísima traba al baile ejecutado en pareja con contacto hombre-mujer, es decir, al baile de salón, a su práctica y enseñanza. Sobrevivieron los bailes de fiesta mayor en las plazas, vigilados cuando no anatemizados como pecaminosos por el clero, en homilías y hojas parroquiales.


El diablo en el baile

Pasaron los años, Mariona Cortés era una maestra de escuela interesada en promover el estudio del baile, el ritmo, la mímica y la expresión corporal. Viajó por diversos países europeos recopilando conocimiento sobre bailes folklóricos y tradicionales: “Danses d’arreu del món”, la marca que la acompañaría durante toda su vida. Durante su estancia en el extranjero descubrió algo desconocido en la España de principios de los 70, la variedad de bailes de salón en pareja que habían continuado desarrollándose y sistematizándose en Europa, con España habiendo quedado completamente al margen.


Gloria y Vicenç primera pareja profesional de la época moderna

A finales de los 60 cierta apertura del régimen y una incipiente industria turística permitió la inauguración de algunas discotecas. En ese contexto, y a principios de los 70, un joven Vicenç Torremadé se había introducido en el baile en pareja a través del rock. Mariona y Vicenç viajan a Belgica y aprenden bailes de salón con el profesor Raoul Elbo, autor en 1962 del manual de baile de salón “Dansons. Toutes les danses expliquées”. Comienzan a enseñar bailes de salón en Barcelona y en Bélgica obtienen los primeros títulos de profesores españoles de baile. Vicenç Torremadé y Gloria Sanz forman pareja y continúan su estudio sacándose ulteriores titulaciones en Inglaterra con David Trueman. Además, Vicenç y Gloria se convierten, en esta nueva época, en la primera pareja profesional española participando en competiciones internacionales.

Mariona y Roser Cortés
En el barrio de Gràcia de Barcelona aflora una zona cero de los bailes de salón: la escuela “Danses d’arreu del mon” de las hermanas Mariona y Roser Cortés en Gran de Gràcia y después en calle del Perill, “Danses d’arreu del mon” en la calle Llibertat, con Mariona i Vicenç en sociedad, la escuela de Vicenç Torremadé y Gloria Sanz en la calle Berga. Los cuatro fundan en 1986 la ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE PROFESORES DE BAILES DE SALÓN (AEPBS) con el reconocimiento de la WORLD DANCE COUNCIL (WDC). Mariona nos dejó en el año 2000, y Roser continua dirigiendo la escuela “Danses d’arreu del mon” de Mataró. Vicenç y Gloria siguen en su sede de la calle Berga del barrio de Gracia en Barcelona y la saga Torremadé-Sanz está asegurada con sus hijos Sandra y Vicenç Jr.

Con la constitución de la AEPBSD los fundadores comienzan a formar y examinar profesores de baile en España de acuerdo con el sistema de estudio y las titulaciones internacionales. Los nuevos titulados a su vez establecen escuelas, difunden el baile de salón por la península y la AEPBS comienza a crecer… pero eso es otra historia -que diría Moustache, el ingenioso camarero de Irma la Dulce (1). Sirva este relato como homenaje y reconocimiento a los fundadores de la AEPBS, nuestros pioneros.

(1) Deliciosa película de Billy Wilder con Jack Lemmon y Shirley McLaine

lunes, 26 de octubre de 2015

El carácter deportivo del baile de competición (por Vicent Mengual)

Baile de competición ¿arte o deporte? Esta fue, en otra época, una pregunta recurrente en las entrevistas a parejas relevantes de baile deportivo, pero dejó de serlo tras el reconocimiento de la entonces IDSF como miembro oficial del COI, respaldando su carácter deportivo. En este artículo se analizan los significados del término “deporte” aplicados al baile de competición, dejando la componente artística para otra entrega

Usualmente siempre se ha caracterizado el baile de competición como un deporte artístico y Marcus Hilton lo describió perfectamente en una entrevista de Ruth Gledhill: “Un bailarín de competición necesita la elegancia, estilo y facilidad de un bailarín de ballet, y al mismo tiempo, la energía de un corredor de maratón y el poder de un saltador de altura o de longitud. Una mezcla de estos aspectos producirá un completo bailarín de competición”.

El esfuerzo físico de los bailarines de baile deportivo ya ha sido contrastado, comparando ciertas constantes vitales de una pareja de alto nivel, ejecutando un quickstep, y de un atleta corriendo los 800 metros lisos en la pista de atletismo. En los 90 también tuve ocasión de ver otra espectacular comparativa que mostraba, en pantalla partida, las evoluciones de una pareja de patinaje artístico sobre hielo y de una pareja de gran nivel ejecutando su quickstep. Ambas parejas habían preparado rutinas que diseñaban caminos similares y el espectador podía apreciar velocidades de desplazamiento similares y posiciones en la pista aproximadamente equivalentes en todo momento. Pero ¿es el esfuerzo físico la razón de considerar el baile de competición un deporte?

Naturalmente, una buena condición física permite a los bailarines alcanzar mejores performances y los grandes campeones la muestran, manteniendo la apariencia de facilidad y de escaso esfuerzo a pesar de su entrega. Y así debe ser, de acuerdo con la descripción de Marcus Hilton. He visto a grandes campeones jadeando exageradamente al llegar al vestuario, tras un explosivo quickstep, pero que hubiesen enlazado sin pausa un segundo quickstep sin mostrar signos de fatiga y exhibiendo el mismo brillo. Sin embargo, el esfuerzo físico no es suficiente para considerar el baile de competición un deporte pues los grandes bailarines de danzas escénicas también realizan un gran esfuerzo durante el espectáculo, con un gasto energético, seguramente, comparable al de bailar una competición de cuatro o cinco rondas de alto nivel concentradas en hora y media de espectáculo. Y no por ello calificamos su actividad como deportiva.

Campeonato de España latino profesional 1998 (AEPBSD)
En mi opinión, Xavier Mora, entrevistado en 1995 por la revista española Ressons del Ball, acertaba al resaltar la condición deportiva del baile de competición a partir del hecho de ser una actividad sujeta a reglamentación. Etimológicamente la palabra deporte proviene del latín “deportare” que significa trasladar, transportar, sugiriendo quizás la idea de distraer la mente evadiéndose del quehacer diario. El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) tiene dos acepciones para “deporte”, una de ellas es la que nos recuerda la esencia de la palabra, su sentido etimológico, y se refiere al deporte como “diversión o entretenimiento”, y aunque añade “ejercicio físico” lo hace en el sentido de esparcimiento o recreo. Con ese significado, no solo el baile de competición es un deporte, también lo es el baile social -como lo es tomar un baño libre o hacer senderismo con la familia. 

La otra acepción del DRAE para deporte es la que citaba Xavier Mora: actividad física, ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas. Este es el sentido más restringido y específico que han buscado los practicantes de multitud de deportes, incluido el baile competitivo. Sin embargo, modernamente, una actividad forma parte de la familia de los deportes cuando, además, confluye otra característica no recogida explícitamente en el DRAE: la existencia de una institución, usualmente una federación deportiva, guardiana de las normas, y bajo cuyo paraguas se realiza la actividad. 

Podemos imaginar las primeras competiciones de baile en los albores del siglo XX celebradas en las mismas salas donde las parejas salían a bailar como esparcimiento. Los participantes se inscribían cuando entraban a la sala y las competiciones simplemente imitaban lo que ocurre en la pista durante el baile general: un número de parejas bailando al mismo tiempo y tratando de demostrar, además de su calidad, su habilidad para gestionar su espacio entre las otras parejas. Seguramente salían a la pista desde la zona en la que estaba su mesa y las parejas conocían si habían sido seleccionadas en el momento de ser llamadas a pista para bailar. Aunque muy simples, también habría bases y, naturalmente, había resultados. Era la época de los pioneros y pronto, con la participación de las mejores parejas, se organizaron lo que podrían calificarse de campeonatos del mundo de la época. Pero todo ello no es suficiente para considerar que aquellas competiciones fueran deportivas, en el sentido específico, porque faltaba el elemento organizativo e institucional. Al principio no se distinguía entre amateurs y profesionales, pero a finales de los años 20 se fundaron dos primeras asociaciones internacionales, una amateur y otra profesional. Sin embargo, las organizaciones predecesoras de las actuales son la FIDA, fundada en 1935 (Fédération Internationale de Danse pour Amateurs), embrión de la actual WDSF y el ICBD, fundado en 1950 (International Council of Ballroom Dancing) y origen de la actual WDC. 

La característica que permite incluir el baile deportivo en el colectivo de los deportes no está relacionada con su exigencia física sino con su condición competitiva institucionalizada, con reglamentos, clasificaciones, calendarios de competiciones, y campeonatos. Si el baile de competición se considera un deporte no es porque esté en su esencia, sino porque en el mundo del baile ha habido desde los años cincuenta una firme voluntad de que llegase a formar parte de la familia de los deportes. En Septiembre de 1997, mucho tiempo después de que el baile de competición se hubiese organizado en asociaciones que funcionaban como verdaderas federaciones deportivas, el COI dio oficialidad a lo que ya era una realidad, aceptando a la IDSF (la denominación en 1997 de la actual WDSF) como miembro oficial. Fue el reconocimiento del término DANCESPORT, que a su vez facilitó, en muchos países, la integración en los comités olímpicos nacionales. 

Marcus Hilton se preguntaba, en la entrevista citada al principio, por las repercusiones que podría tener en el formato y características de las competiciones de baile deportivo, el reconocimiento del COI. Eso se verá con el tiempo. Lo que ya ocurrió fue que la cordial relación entre la WDSF y el WDC, que en 1965 habían firmado un acuerdo para respetarse mutuamente en la gestión de las parcelas amateur y profesional, se rompió en los años posteriores al reconocimiento de 1997. Seguramente sólo las cúpulas de ambas organizaciones conocen, más allá de lo publicado, los entresijos de su desencuentro. Pero sin duda, otros muchos vivieron esos años con desencanto y con profunda tristeza.